La metafórica asociada al conflicto bélico impregna el idioma. Se hace especialmente evidente en entornos laborales competitivos y en causas donde el grupo en desventaja considera que sus reivindicaciones pasan obligatoriamente por la acción. Ocurre con el feminismo, que desde hace años incluye en su discurso conceptos como «batalla», «lucha» y «enemigo», este último, en referencia a la sociedad patriarcal y los mecanismos que esta emplea para oprimir o segregar a las mujeres.

Apuntes previos sobre la guerra

Resulta difícil trazar el origen de la práctica bélica. Durante muchos años se consideró que la guerra surgió en el neolítico, casi paralelamente al establecimiento de las civilizaciones del momento. En parte, por necesidad de defender la sociedad construida. Recientes descubrimientos han ampliado esta perspectiva y datan la primera matanza identificada entre recolectores y cazadores de hace 10.000 años.

Desde entonces, puede decirse que la guerra ha discurrido paralela a la humanidad. Ya fuera territorial, competitivo o nacido de la falta de recursos, el choque bélico ha marcado nuestra historia y definido aspectos culturales como la literatura y el mito.

Documentación de la guerra en la literatura y el mito

El primer choque entre pueblos documentado data del año 2450 a.C. entre la ciudades-estado sumerias de Lagash y Umma. En este caso, fue una disputa territorial por zonas de regadío. El resultado fue la victoria de Lagash y el sometimiento de Umma.

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A partir de ahí, la documentación del conflicto ha sido periódica. En los últimos 5500 años (según la Enciclopedia mundial de las relaciones internacionales y Naciones Unidas), en el mundo se han generado 14513 guerras de terrorífico saldo en vidas.

Más allá de los textos documentales, la guerra también ha impregnado la literatura mitológica. Tanto la Ilíada como el Poema de Gilgamesh, manifestaciones literarias de un pasado mítico, trabajan activa o pasivamente sobre la guerra. En la obra homérica incluso encontramos la presencia de una mujer como catalizadora del conflicto: Helena de Troya.

Presencia de mujeres guerreras en el mito

Que la sociedad patriarcal haya marcado el discurso imperante desde tiempos inmemoriales hace difícil identificar el papel de la mujer en el conflicto bélico. Gracias a la arqueología hemos descubierto que muchos ejércitos de la antigüedad estaban constituidos en la misma medida por hombres y mujeres, si bien la proporción de estas siempre resulte menor.

Juegan en contra de la presencia de la mujer en las batallas aspectos como la división del trabajo y ciertas dinámicas sociales propias de las sociedades patriarcales, aun así, debido a una hipotética excepcionalidad o, tal vez, por intereses propagandísticos de las sociedades implicadas, las mujeres guerreras son consideradas raras avis a las que la extrema necesidad o la exclusión social han enviado al campo de batalla.

Al igual que ocurriera con Helena de Troya, la presencia de la mujer en el mito bélico presenta una llamativa dicotomía. Las mujeres guerreras de la mitología se dividen entre las que se enfrentan a las jerarquías patriarcales y las que enaltecen sus designios.

Diosa-Atena

Atenea, diosa cazadora por excelencia, tiene más de icono patriarcal que de diosa protectora de las mujeres. Su relación con diversos mitos griegos es hostil, patrocinadora de la victoria de héroes civilizadores como Teseo o Hércules frente a figuras como Medusa o grupos organizados como las amazonas, cuyas principales derrotas forman parte del proceso entronizador de la cultura helénica primitiva, ideológicamente masculina.

Atenea, como deidad de amplio culto, representa a un llamativo ejercicio de sincretización. Su influencia era tal que difícilmente podía ser desplazada por el panteón olímpico. Pero sí anexionada y sometida a una jerarquización. Con las amazonas, las mujeres guerreras por excelencia, ocurre algo más complejo, ya que su existencia amenazaba a la cohesión cultural de Grecia y, por lo tanto, debían ser desplazadas de la historia (en el caso de que realmente fueran un pueblo de la Hélade), ya que la adhesión resultaba ideológicamente inviable. El que formen parte de diferentes mitos civilizadores arroja dudas sobre su auténtica existencia, ya que, por tradición, la historia la escriben los vencedores y, pese a su derrota, las amazonas reúnen una notable literatura.

Otro ejemplo de mujer guerrera integrada dentro de un organigrama bélico suelen ser las esposas de deidades o reyes de la Antigüedad. Mujeres que partían a la guerra junto a sus esposos o defendían sus territorios en ausencia de estos, capacitadas para esgrimir un arma con la misma capacidad que estos. Aun así, los ejemplos son escasos, o locales como el cuelto a la diosa guerrera Maa en Capadocia, y culminan en el folklore, donde, hasta cierto punto, resulta más sencillo encontrar a mujeres guerreras. Es el caso de Telesila de Argos, conocida por disfrazarse de hombre y encabezar la defensa de su ciudad o la mítica reina de los Britanos, Cordelia, conocida por levantar a un ejército y restaurar el reinado de Leir, su padre.

Las metáforas bélicas más allá del feminismo

La metafórica bélica no es un fenómeno propio del feminismo, pero su adhesión a este terreno es sospechosa, ya que puede tomarse como la intención de emplear herramientas del discurso masculino en una causa opuesta a su tradicional dominancia; o quizá tan solo sea la inevitable contaminación frente a una poderosa dialéctica. Una que, por otra parte, afecta a la jerga deportiva, con sus triunfos y derrotas, sus capitanes, sus banderas y uniformes; o al terreno de la salud, aunque esté más que demostrado que el empleo de metáforas bélicas en el tratamiento de enfermedades como el cáncer sea contraproducente. En sí, resulta curiosa la transformación del lenguaje en arma cuando la adversidad aparece en nuestras vidas.